Uno de los ritos principales era ir a la panadería a las cinco de la mañana a comprar las medialunas recién hechas para comerlas calientes; se pegaban al estómago, y eso nos producía una pesadez que nos permitía descansar del hambre por unas cuantas horas. En esos recreos meditaba sobre el arte de escribir; para mí, el lenguaje era la tarea, la máxima tarea, el juego más alto entre los juegos humanos que conocía. Nada tan misterioso y excitante como el coqueteo de las desnudas vocales con las herméticas consonantes, voces con las que intentaba acercarme a Lezama Lima, a Octavio Paz, a los que habían entendido a Homero, a De Quincey, a Eliot, a Schopenhauer.
Facundo Cabral. Paraíso a la deriva
